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06/02/2017

Trump y los límites al poder

Por: Jaime Raúl Molina

El ascenso al poder de quien es hoy presidente en funciones de la primera potencia, ha alertado a muchas personas sobre los peligros que en tal posición puede causar una persona con carácter y valores muy cuestionados. Ante esto, muchos se preguntan: ¿cómo puede una república evitar que las personas equivocadas accedan al poder? ¿Cómo nos aseguramos de que al poder accedan los mejores?

Esta última pregunta nos la hemos hecho por más de dos mil años, desde Platón. Y al menos en América Latina, hemos constituido los estados sobre la idea de la democracia como mecanismo mediante el que podemos elegir a los mejores, para que estos se encarguen de gobernarnos de la mejor manera. Es decir, hemos terminado aceptando sin demasiado debate, las premisas de Platón y Rousseau, de que lo que importa es que gobiernen los mejores. Por esta razón nos enfocamos en diseñar reglas electorales con el criterio de elegir a los mejores y evitar que sean elegidos los peores.

El problema con este enfoque de poner todas nuestras esperanzas en las reglas electorales es que estas son incapaces de evitar que al poder accedan personas incompetentes o, peor aún, inescrupulosas. Que no se me malinterprete. Por supuesto que creo que el sistema electoral debe ser robusto, con reglas diseñadas para asegurar que el sufragio sea libre, secreta, que el escrutinio sea eficaz e intachable, y que el resultado sea respetado. Lo que digo es que no hay forma de impedir que por elección popular accedan al poder personas inescrupulosas o con tendencias autoritarias. De hecho, si la historia nos dice algo es que eventualmente los pueblos terminan eligiendo personas con tendencias autoritarias y, francamente, tampoco es que el resto del tiempo elijamos estadistas puros.

Entonces, ¿cuál debe ser el enfoque? Volviendo a los Estados Unidos de América, ese país fue fundado sobre dos premisas fundamentales: la primera, que los malos eventualmente llegan al poder, y la segunda, que aún los buenos puede abusar de su poder y causar daño, incluso cuando actúan con buenas intenciones. De allí que para evitar la degeneración en tiranía, se dieron una constitución diseñada con el objetivo primordial de limitar el poder público y proteger al ciudadano frente al estado. La separación de poderes con clara delimitación de sus funciones; la Declaración de Derechos, que enumera una serie de cosas que de ninguna manera puede el estado hacer al ciudadano; el diseño de las instituciones de tal manera que se diluya el poder que una persona o un partido determinado puede ejercer en un momento dado -como la composición del Senado determinada mediante elecciones escalonadas, que impide que en una sola elección un partido acumule una mayoría abrumadora; la institución del filibuster, que permite a la facción minoritaria en el Senado bloquear proyectos de ley promovidos por la facción mayoritaria (cosa que obliga a la facción mayoritaria a buscar compromisos y por tanto actúa como un freno al radicalismo); la designación de los magistrados de la Corte Suprema Federal por términos vitalicios, lo que impide que un determinado presidente pueda incidir de manera desproporcionada en la composición de la Corte Suprema en un momento dado. Estos son solo algunos ejemplos de instituciones fuertes que en el gobierno de los Estados Unidos ejercen contrapeso al poder del Ejecutivo, de tal manera que es limitado el daño que una persona volátil o autoritaria puede hacer a largo plazo.

En Panamá, debemos comenzar a discutir cómo limitamos el poder del Ejecutivo. La Constitución requiere cambios para que un presidente no pueda nombrar a cuatro o cinco de nueve magistrados de la Corte Suprema; para que no pueda comprar las conciencias de los diputados de oposición mediante la asignación de partidas circuitales; para impedir que mediante decretos pueda pasar por encima de la ley, y muchas otras prácticas que han venido degenerando la república. La sociedad panameña debe iniciar con urgencia esta discusión sobre los cambios constitucionales que se requieren, con el objetivo expreso de restringir el poder del Ejecutivo, porque si nos seguimos enfocando solo en reglas electorales, los presidentes -elegidos limpiamente-- seguirán acumulando poder y eventualmente un día nos despertaremos bajo una tiranía.

El autor es director de la Fundación Libertad


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