Artículos

13/02/2017

No dejemos que nos metan gato autoritario por liebre utópica

Por: Felipe Echandi Lacayo

La corrupción y los abusos de poder han lamentablemente sido una epidemia que ha asediado a nuestro país y a nuestra región por décadas. Nadie sensatamente niega que hay muchísimo por hacer para contener este problema, limitando la arbitrariedad en la operación del Estado, creando una cultura de certeza de castigo por abuso de poder y promoviendo que valores conducentes para una convivencia pacífica sean socialmente deseables.

Como en toda coyuntura, no faltan oportunistas tratando de pescar en río revuelto. Las recientes revelaciones sobre Odebrecht han, por lo visto, inspirado a grupos políticos, principalmente de extrema izquierda, a pedir “barrer a los Órganos del Estado” y a “refundar al Estado desde las raíces del pueblo” con llamados abiertos a una revolución socialista, o a una Asamblea Constituyente originaria que rediseñe por completo la estructura institucional del país.

La historia tiene incontables ejemplos donde se le ha permitido que estos grupos persigan sus utopías revolucionarias destruyendo o replanteando totalmente las estructuras institucionales imperfectas vigentes. Sin excepción, estos grandes “experimentos” se han convertido en los ejemplos más brutales de miseria y de muerte de la historia humana.

Luego de prometer libertad, igualdad y fraternidad, los revolucionarios franceses instauraron el Régimen del Terror realizando ejecuciones masivas de los “enemigos de la revolución”. Entre 1966 y 1976, Mao Zedong se embarcó en su Gran Revolución Cultural Proletaria. Con la destrucción de los “cuatro viejos”: los usos antiguos, las costumbres antiguas, la cultura antigua y el pensamiento antiguo, China se vio paralizada política y económicamente. Los ciudadanos que habían expresaron intereses ajenos a la exaltación de la figura de Mao se expusieron a constantes asedios por parte de los guardias rojos e incluso a ser ejecutados. Más recientemente, hemos visto como el Socialismo del Siglo XXI ha destruido el tejido social, económico y ético en Venezuela forzando a que sus habitantes dejen ese país por montones.

El idealismo es una fuerza extremadamente positiva que nos mueve a todos a perseguir nuestros sueños, pero si lo aplicamos utópicamente a la política, nos exponemos a no lograr ese sueño y a perder lo imperfecto que tenemos en este momento para quedarnos sin chicha ni limonada. El gran filósofo político Karl Popper nos advirtió en La sociedad abierta y sus enemigos que la diferencia entre la ingeniería social gradual, o la posibilidad de ir corrigiendo el camino poco a poco con reformas concertadas ampliamente, y la ingeniería social utópica (o revolucionaria) es “la diferencia que media entre un método razonable para mejorar la suerte del hombre y un método que aplicado sistemáticamente, puede conducir a un intolerable aumento del padecer humano.”

Sin negar los graves problemas institucionales y de corrupción que debemos afrontar, es imperativo que recordemos las muchas cosas que sí han funcionado en Panamá. Según se ha reportado en el muy difundido informe Cambiando esclusas: un diagnóstico de crecimiento de Panamá realizado por el Centro para el Desarrollo Internacional de la Universidad de Harvard, con excepción de 2009 donde sufrimos las secuelas de la crisis financiera global, la tasa de desempleo en el país ha caído sin pausa desde el año 2001. Las compañías multinacionales han reinvertido más del 70% de sus ganancias en el país desde el año 2013. Según cifras oficiales del Ministerio de Economía y Finanzas, en Panamá la pobreza ha caído constantemente desde el 34% de la población en el año 2008 al 23% sólo 7 años después en el 2015. El mismo Ministerio de Economía y Finanzas reconoce que esta dramática caída en la pobreza se debe principalmente al rápido crecimiento económico del país y no a dádivas y subsidios.

Queda mucho por hacer, pero es imperativo que no nos dejemos llevar por grupos políticos irresponsables que buscan que tiremos todo lo bueno de nuestro sistema junto con lo malo. La corrupción específicamente debe ser controlada de raíz con una combinación de activismo de la sociedad civil, fuertes limitaciones al poder público y exigencias de transparencia a los funcionarios y contratistas del Estado. Una revolución socialista o una Asamblea Constituyente originaria pone en riesgo todo lo que sí vale la pena mantener. No dejemos que los oportunistas nos metan gato autoritario por liebre utópica.

El autor es miembro de la Fundación Libertad


  Bookmark and Share

ARTICULOS

Artículos recientes

Fintech y el internet del dinero

Por: Felipe Echandi Lacayo


El suicidio agropecuario

Por: Carlos Ernesto González Ramírez