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06/03/2017

La educación que tenemos no es la que necesitamos

Por: Elena Toledo

Hace unos días sosteníamos una conversación con diferentes miembros de think tanks de la región centroamericana en la que de manera informal compartíamos nuestras experiencias durante la educación formal, desde la primaria hasta la universidad, y cada uno expresaba como esta experiencia había o no influido en su nivel profesional actual.

Fue bastante impresionante que la mayoría señalara que poco o nada tuvo que ver, ya que muchas habilidades que hoy destacan en su día a día y que les ha hecho crecer profesional y personalmente no fueron precisamente aprendidas en la educación formal, sino con la experiencia y que en muchos casos, la educación curricular distaba de sus habilidades.

En mi caso, siempre sentí que la escuela no me comprendía, ya que mi mayor habilidad no son los números, pero como nunca fue mi fuerte, se me tachó hasta como una mala alumna ya que me vi obligada a asistir a recuperaciones de clases a final de año en todas las asignaturas que estuvieran involucrados los números pero nunca nadie se detuvo a ver mis fortalezas en otras áreas, entonces siempre sentí que la educación formal me aplastaba lejos de inspirarme.

Este es el caso de cientos de miles de niños a lo largo y ancho de América Latina, que se encuentran sometidos a currículos de educación sin que estos realmente comprendan cuáles son sus habilidades y mientras tanto, les están creado aversión a las materias o disciplinas en las que simplemente no se sienten cómodos.

Por otra parte, está el fenómeno de los padres de familia que al parecer tienen divorciado el sentido de lo que quisieran y lo que están dispuestos a experimentar. Muchas personas, entre ellos padres de familia, han compartido en Facebook el video de la educación en Finlandia, en donde se destacan las bondades del sistema educativo en este país y se describe porqué este es actualmente el mejor del mundo.

Los padres de familia saben que sus hijos que estudian en la educación clásica, no están recibiendo lo adecuado según sus potencialidades, pero si mañana que llegue a dejar a su hijo a la escuela se le informa que habrá un cambio en la estructura de enseñanza y que esta será sin un horario específico para cada clase, que estará relacionado a niños de otras edades, y que no tendrá una hora de matemática diaria, lo más seguro es que este padre muestre resistencia al cambio ya que lo único que conoce hasta ahora es la educación que él también recibió y con la que cree su hijo deberá seguir.

Que los sistemas educativos ya estén desgastados no es solo una responsabilidad de los gobiernos y sus secretarías de educación, es principalmente una responsabilidad de los padres de familia, quienes están obligados a exigir que sus hijos obtengan la educación que mejor se adapte a ellos, y no solamente a aquellos niños que tienen una necesidad especial de educación diagnosticada, sino a todos los niños ya que todos las personas tenemos algunas necesidad especial en alguna área de nuestra capacidad cognitiva.

Nuestro mundo ocupa individuos empoderados de sus habilidades, seguros de lo que pueden hacer y conscientes de lo que no es su área más fuerte, solo así tendremos una sociedad movida por personas plenas, felices y dando resultados efectivos según su área de desempeño, pero esto solo se logrará si se comienza desde la base, si desde la escuela al niño se le consideró como parte de su propio proceso de aprendizaje, no como un recipiente al cual se le agrega todo el conocimiento que reciben de igual manera sus otros 20 compañeros.

Mi generación, la suya y tristemente la de muchos niños actualmente, no sobrevivirán por la escuela, sobrevivirán a pesar de la escuela. Exijamos, conozcamos, investiguemos otras formas de educación, las que ayuden a cultivar la responsabilidad, la creatividad, las habilidades efectivas y reales de los estudiantes ya que solo así se obtendrá el desarrollo pleno del individuo y este sumará desarrollo y prosperidad a la sociedad en que se desenvuelve de una manera orgánica y no empujado por lo que el Estado creyó que debía saber invisivilizando su verdadero potencial.

La autora es amiga de la Fundación Libertad


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