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28/05/2012
Al mejor estilo de la libre empresaCuando hablamos de riqueza material, usualmente olvidamos que esta, a diferencia de la espiritual, no se adquiere mediante decreto clerical. Numerosos y variados son los elementos que coadyuvan al éxito o fracaso de quienes intentan su logro, y en esto nos parecemos todos. Si bien no existe fórmula mágica, teórica o matemática que la garantice, parte importante de cualquier ecuación que nos sirva de guía, conlleva un alto grado de trabajo, tenacidad y temple. Algo así como una regla de tres; simple y sencilla, pero por sobre todo talentosa. Trabajo: por el esfuerzo humano aplicado en la producción de la riqueza; tenacidad: por la firmeza, obstinación y constancia para cumplir el objetivo; y temple: por la capacidad de la persona de enfrentar con serenidad a situaciones difíciles y peligrosas. Agrégale a este cocinadito un poco de talento, y obtendrás como resultado a un empresario asentado en la Zona Libre Colón. Desde que, en 1948, Enrique A. Jiménez dictó el Decreto Ley No. 18 de 17 de junio, la Zona Libre ha crecido de tener 35 hectáreas, algunos pocos empresarios, trabajadores y clientes, hasta ocupar más de mil 100 hectáreas, 30 mil trabajadores, 2 mil 850 empresas y más de 150 mil clientes nacionales e internacionales. Las estadísticas podrán variar según a quién se consulte, pero no hay duda de que la zona franca ha sido fuente generadora de riqueza. En gran medida el desarrollo de la gran industria portuaria en los alrededores de la ciudad de Colón se debe a la capacidad (léase trabajo, tenacidad, temple y talento) de ilustres emprendedores de la zona franca, que más que empíricos empedernidos o intuitivos informados, resultaron visionarios viscerales. En términos de competitividad no existe sector más competitivo, pues por su variedad y diversidad no hay posibilidad alguna de monopolio u oligopolio ni nada que se le asemeje. Es en esencia el mercado perfecto. Allí pululan empresarios nacionales y extranjeros; árabes, judíos, indios, chinos, en fin, todo aquel que además de cumplir con las exigentes formalidades que establece el Estado panameño, se sienta atraído por las propicias condiciones que sobre la inversión existen en la zona. Empero, a pesar de sus contribuciones en casi todos los sectores de la economía nacional, sus usuarios son estigmatizados con distintos epítetos y responsabilizados por más de una catástrofe. Los que saben afirman que nadie sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Hace algunos años nuestro país contaba con una refinería, que bien, que mal, era una gran empresa. Sus trabajadores tenían salarios dignos; su sindicato beligerante y ecuánime era respetado. Pero dimos y dimos, hasta que la echamos y, luego de desmantelarla, hacemos ingentes esfuerzos por regresarla. ¡Patético! Erase una vez un pueblo llamado Puerto Armuelles, en el Pacífico panameño fronterizo con Costa Rica, donde alguna vez existió el negocio del banano. En ambos casos, en vez de remediar lo malo, nos dedicamos en buscar culpables y hacer añicos la riqueza existente. No tuvimos la entereza de resolver y nos dedicamos a destruir, pensando que la riqueza se genera en automático y por arte de magia. En La ciencia de hacerse rico, el escritor estadounidense Wallace Wattles (1860-1911) intenta explicar cómo superar barreras mentales y otros condicionamientos para atraer riquezas. Recomienda especialmente que no pensemos en soluciones mágicas, o en soñar con ver crecer montañas de dinero, sin hacer nada. Explica y resalta con fuerza que solo el trabajo tenaz, hecho de la forma más perfecta y eficiente posible, podrá hacer que la riqueza venga hacia nosotros. Inclusive dedica un capítulo a mostrar lo importante que es realizar nuestras actividades con pasión y efectividad. Es sabido que el reparto de la riqueza ha sido motivo de reflexión incluso por algunos pensadores de la antigüedad. Para Platón, por ejemplo, la riqueza debía ser distribuida de forma igualitaria, mientras que para su discípulo Aristóteles, debía serlo proporcionalmente al esfuerzo de cada uno. El muy conocido Marx tuvo su momento cúspide y fracasó estrepitosamente. Vengo pensando: “parece fácil”; pero seguro que no lo es. Generar riqueza en cualquiera de sus posibles formas (inclusive la espiritual) es cuando menos una labor de tenacidad, esfuerzo, paciencia, intuición y a veces hasta una pizca de suerte. Transcurridos casi 64 años desde su creación, la Zona Libre ha evolucionado más allá de lo que sus creadores jamás imaginaron; superando, con creces, obstáculos alguna vez considerados insalvables; adaptándose a nuevas realidades globales, como la transformación del comercio mundial, pasando de Estados proteccionistas a economías abiertas de mercado con muy bajos aranceles (en esa época pocos consideraban factible la continuidad de las zonas francas) lo que presagiaba tiempos tormentosos y de casi desaparición. Pero gracias a Dios, al trabajo, tenacidad, temple y talento de sus empresarios, no fue así. Enviar a un amigoHaga click aquí para enviar este enlace a un amigo! |
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