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13/08/2012
Desigualdad: la buena y la mala¿Cuál es el principal problema que nos aqueja como sociedad? Sería extremadamente arrogante intentar dar una respuesta a esta pregunta. Sin embargo, en conversaciones sobre el tema, no falta quien apunte su dedo a la tan vilipendiada desigualdad. “La brecha entre ricos y pobres se ensancha cada vez más”, resuena la vieja canción ya conocida por todos. Esta melodía ha sido aún más popularizada por los movimientos como Occupy Wall Street, con su consigna de que es totalmente injusto que el 1% de la sociedad americana acumule más riqueza que el restante 99%. Ante esta crítica tenemos dos campos principales. En primer lugar, están aquellos que con argumentos tecnocráticos pretenden poder aislar los efectos de la desigualdad sobre nuestras sociedades, culpándola de un sinfín de desgracias adicionales como la violencia y la pobreza. “La desigualdad causa violencia”, dicen muchos de estos teóricos. Por otro lado, tenemos a aquellos que defienden a capa y espada a la desigualdad como una consecuencia natural de la división del trabajo. Al igual que dos personas intentando conversar en idiomas distintos, me parece que hay una distinción fundamental que ambos grupos frecuentemente ignoran, pero que permitiría construir una tercera posición que podría ser percibida como aceptable para miembros de ambos campos. Me refiero a distinguir entre la buena desigualdad y la mala desigualdad. Con “desigualdad buena” me refiero a aquella producida por los millones de elecciones voluntarias que todos hacemos día a día y cuyo agregado llamamos “mercado”. Esta desigualdad es la que permite que un empresario detecte una carencia o problema social y sea premiado por tomar el riesgo de trabajar e invertir recursos propios intentando satisfacer esta necesidad antes insospechada. En sociedades más o menos abiertas, donde la desigualdad buena es más prevalente, las personas son optimistas; ven a exitosos empresarios, en sus respectivos campos, como héroes. En estas sociedades, la oportunidad de mejorar la propia situación se encuentra a flor de piel. Quien logra acumular riqueza, lo hace porque ha servido mejor a los consumidores en relaciones mutuamente beneficiosas y no porque ha tomado algo de otra persona. Con “desigualdad mala” me refiero a aquella desigualdad producida por la coerción, la cual es más prevalente en las sociedades cerradas. Este tipo de desigualdad nace del espurio matrimonio entre el poder político y el poder económico. En este romance, el cónyuge político utiliza al aparato estatal para beneficiar a su pareja y hacerla afluente, y la pareja empresarial graciosamente acepta esta ayuda y paga retornos financiando la campaña de la siguiente elección. La desigualdad mala no es más que el producto del viejo mercantilismo tan común en nuestras sociedades modernas, donde incluso la democracia ha sido pervertida para expoliar, a los que menos tienen de sus recursos. Es este segundo tipo de desigualdad el que provoca mayor resentimiento, el que difunde una sensación de impotencia y pesimismo entre los que menos tienen, y el que incentiva a potenciales empresarios a no convertir en realidad ideas innovadoras porque, de por sí, el premio no depende de la innovación, sino que depende de cuan consolidado sea el contubernio con el poder político. Una vez separada el agua del aceite, dos cosas resultan evidentes. La primera es lo absurdo y contraproducente de construir políticas públicas que busquen erradicar o atenuar la desigualdad en general. Este tipo de esfuerzos confunden la hierba con la maleza, matando la innovación antes de que esta rinda frutos y castigando el emprendimiento. En resumen, solo los justos son castigados, mientras que los pecadores siguen haciendo de las suyas. En segundo lugar, la satanización de la desigualdad en general parece contribuir a esa percepción común de que todo rico ha llegado a serlo porque ha explotado a otras personas. Esto presupone que el mercado es un juego de suma cero. Si alguien gana, debe ser porque alguien perdió. En este pensamiento cuasimedieval, no es posible concebir que dos personas puedan crear valor al acordar cooperar de forma voluntaria. Con base en las consideraciones anteriores, lo invito a que en su rol como empresario se abstenga de pedir privilegios a los políticos de turno. Su capacidad innovadora se mantendrá viva siempre que exista la posibilidad de que otro lo rete día a día en llenar las necesidades de sus clientes de la mejor manera. Como ciudadano lo invito a que permanezca eternamente vigilante de que sus representantes no utilicen al Estado como su botín personal para colmar de riquezas a sus allegados. La resistencia a la riqueza malhabida y la eterna vigilancia de nuestros representantes parecen ser el precio de una sociedad libre y próspera. Enviar a un amigoHaga click aquí para enviar este enlace a un amigo! |
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